lunes, 2 de febrero de 2009

Escribir y no parar y seguir

Ha concluido una versión más del Hay Festival Cartagena y con ella, la participación de la Fundación Nuevo Periodismo. Las cosas que quedan por decir son todas, podría escribirse un larguísimo relato que no alcanzaría a describir la cantidad de sensaciones y lecciones recibidas en este encuentro. No obstante, trataré de concretar algunas ideas que han quedado flotando en el denso aire de la memoria repentina.



I. Amistad y trabajo
La ciudad vieja es un pequeño fortín -para eso fue construida- en el que se cruzaban cualquier cantidad de personas del mundo de la literatura y del periodismo sin temor a perderse. "Uno siempre rebota contra la muralla", dijo el escritor catalán Rafael Argullol en su más reciente visita a la ciudad. En una esquina, por ejemplo, junto al hotel Santa Clara, iban Juan Villoro con sus casi 190 cm de estatura junto a Fabrizio Mejía Madrid quien supera con dificultad el metro y medio. Caminaban uno a uno y Villoro descargaba su brazo izquierdo sobre el hombro de Mejía Madrid, mientras eran alumbrados por la luz ambarina de los faroles de Cartagena. La imagen constataba algo más: la íntima amistad que han forjado estos dos cronistas durante años y que puesta al azar aquella noche, se antojaba una postal familiar: padre e hijo por la misma vía inevitable: la escritura.
Metros adelante, me asaltó uno de los cronistas de planta de la revista Soho, Adolfo Zableh y su conveniente tartamudeo. Amigos desde la universidad, crecimos queriendo ser cronistas y ahí estábamos, confirmando el anhelo en la factura de los maestros. Dos mesas después, el jefe de jefes: Daniel Samper Pizano y su inconfundible alopecia. Por la vía, caminando parsimonioso también, Fernando Vallejo. Un minuto antes, José Monsalve, periodista de la revista Semana, caminaba con Maria Alejandra Pautassi, periodista de la revista Arcadia.
Era como una posible sala de redacción con Fernando Vallejo como director, Samper Pizano como editor senior, Villoro como editor in chief, Mejía Madrid como jefe de redacción, y nosotros, el resto, como redactores de oficio de los detalles asombrosos de la vida.
II. Hotel de los encuentros
Dentro del hotel La Passion, lugar en el que la FNPI ubicó a los Nuevos cronistas de Indias, había tardes en que la cosa era más o menos así:
En una mesa del lobby, Alma Guillermoprieto recibía a sus pupilos del taller, en turnos de media hora cada uno. "Clínicas", decía ella. Les leía el texto, escuchaba cómo lo leían, les daba instrucciones y el que sigue. Jornadas que terminaban comenzando la noche. Allí mismo, la periodista Angélica Gallón, enviada especial del periódico El Espectador, esperaba paciente la entrevista prometida con Alma. Hay que ver la resistencia y entrega de la mexicana para con sus alumnos. Luego, en el segundo nivel del hotel, Caparrós trataba de trabajar en algún texto suyo, en su Apple blanca, afuera de la habitación. "Martín, ¿trabajando?", preguntó Cristian Alarcón. "Y sí. Tratando", respondió Caparrós.
Luego, en las horas muertas de la mañana, cualquiera que subiera a la terraza, junto a la piscina, podía encontrarse con Alarcón tostándose, adquiriendo el tono canela que tanto gusta en Buenos Aires. Al final del verano, por el tono de tu piel la gente saca conclusiones: a quien siga con el pálido-oficina, le dirán: "Nene, ¿no tuviste vacaciones?"; y quien llegue con la piel tipo cáscara de naranja, le dirán: "¿Cómo estuvo Punta del Este?", y Alarcón responderá: "No sé, estuve en Cartagena de Indias". Y ya conocemos su carcajada.
III. Vida y escritura
Durante algunas mesas de este Hay Festival, varios escritores insistieron en la misma idea de lo que era la elección de su vida: la escritura como forma de viaje. "Escribo porque así conozco el mundo", dijo Junot Díaz. Entre la falsa modestia y la verdad de plomo, quedó el convencimiento de que estos encuentros de escritores son un relativo reconocimiento a la decisión de dedicarse la vida a escribir. Importante o no en su average de narradores, son felices. Hasta Fernando Vallejo sonríe y eso quiere decir que de ahí para abajo todos sonríen.
En el momento de la despedida, nadie es tan dramático. Con certeza, varios de los aquí escuchados volverán a reunirse en ferias del libro como Bogotá, Buenos Aires, Guadalajara, Lisboa, Berlín, y otras más. Los que no, seguro estarán en Cartagena el año siguiente, quizás no como ponentes, sí como auditorio y devolverán aplausos recibidos en versiones anteriores. Unos lo calificarán de la típica comunidad de autoelogio; otros, como pruebas de solidaridad.
Lo que queda después de todo, es que cada uno volverá a su escritorio para corroborar la sentencia de Javier Cercas al finalizar Soldados de Salamina: "Y qué haría, sino seguir y no parar y seguir".

1 comentario:

  1. Del fin del continente dan ganas de retroceder el reloj y ser parte de tan hermoso festín para las letras.

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