lunes, 9 de marzo de 2009

¿Periodismo narrativo o básico amarillismo?

Un amigo que tiene serias intenciones de convertirse en un escritor de best-seller, me hizo caer en cuenta de que el éxito editorial de los libros que uno escribe sólo se consigue cuando los ejemplares piratas puedan comprarse en los semáforos.
Esto querría decir, según lo que entendí, que él quisiera que sus libros pudieran verse en la oferta de una miscelánea abundante en artículos para celular, bebidas, algunos abarrotes y hasta quesos en hoja de plátano.
En principio dedo decir que no tengo nada en contra de sus aspiraciones a la fama y el dinero; después, todo se complica.
En Colombia -ignoro lo que ocurre en países como Argentina o México- los libros que se pueden comprar en las esquinas del centro de las ciudades, tienen algunas características peculiares: no cualquiera merece una tribuna tan visitada. La primera condición es que sean ediciones piratas, y la segunda es que aborden temas de autoayuda o de la actualidad del drama nacional, que si lo miramos bien es lo mismo.
Sobre la piratería y otras técnicas para la evasión de impuestos y el robo del capital intelectual, con frecuencia se escriben un sinnúmero de artículos de prensa que propician el debate en algunas esferas de la sociedad, hay legislaciones y medidas policivas que buscan la protección del bien legal, y en general, existe un juicio común sobre la ilegalidad de la piratería a pesar que todos compremos uno que otro artículo marca Morgan. Si hay resultados que demuestran que a pesar de eso estas economías no disminuyen, no es por causas del consumo o de los compradores, sino por la ausencia de medidas drásticas que sancionen ejemplarmente a los productores del negocio.
Por el contrario, sobre los contenidos de los libros de esquina, poco se discute, como es corriente cuando hay que usar neuronas para sostener conversaciones. Los títulos van desde las investigaciones del millonario doctor Dyer sobre las zonas erróneas de la naturaleza humana, pasando por un ladrón de quesos y un vaca responsable de los asuntos de la intimidad del hombre, hasta los edulcorados relatos sobre la mafia, los paras, la guerrilla y otros elementos de la tragedia colombiana —si es que nuestra historia como país fuera el resultado de una sucesión de acaecimientos fortuitos e inevitables y no una duradera construcción de nuestra civilidad—.
Así, entre psicólogos seducidos por la lujuria editorial y cínicos malhechores arrepentidos, los anaqueles de un numeroso grupo de lectores desprevenidos pero consumidores de libros, van ocupándose aunque sea por aparentar.
Dicho esto, debo hacer otra salvedad: la profusión de libros de autoayuda es una industria mundial y genera millones de dólares en ventas, tiene editoriales especializadas y ha logrado proponer cierto nivel de sofisticación, sobre todo en los países anglosajones, donde no es común que la fe en el médico camine de la mano con la fe en el oráculo.
En cambio, pareciera que la abundancia de libros sobre temas relacionados con la mafia, los paras, la guerrilla y similares, fuera exclusiva de Colombia.
Hilemos delgadito.
Con la aparición de la Non-Fiction en el panorama de la narrativa mundial, muchos temas que antes se consideraban desmerecedores de un tratamiento literario, fueron cubiertos por la pluma de periodistas literarios o de narradores atraídos por la raíz fáctica de la historia. Quizás los primeros reporteros que se dieron a la tarea de destapar ollas podridas fueron los llamados muckrakers, unos profesionales en la difícil tarea de realizar investigaciones que produjeran denuncias tan contundentes que llevaran al encarcelamiento de prestantes ciudadanos, dirigentes, empresarios, políticos, entre otros. Dos décadas después, con la llegada de la primera generación de periodistas que sembraron lo que después se llamó el New Journalism —John Reed, John Hersey, y otros—, cobraron vigencia en el periodismo de revista temas como las guerras mundiales, crisis económicas, autoritarismo político y parecidos. A diferencia de lo que se venía escribiendo, esta generación fusionó la investigación del reportero con el narrador omnisciente de la novela realista y produjo una serie de libros que la crítica apodó como novela-reportaje o reportaje novelado. Sus hijos pródigos se volvieron famosos, le dieron la vuelta al mundo y cobraron millones de dólares: Hiroshima (1946) de Hersey, Picture (1952) de Lillian Ross, A sangre fría (1965) de Capote, Honrarás a tu padre (1971) de Talese, y La canción del verdugo (1979) de Norman Mailer.
Es en este puñado de libros en donde se encuentra el antecedente directo de lo que ahora compramos en las esquinas, así como de lo más pulido del periodismo narrativo latinoamericano actual.
Una somera revisión de los títulos de esquina de la última década arroja que El patrón (1994), sobre la vida y muerte de Pablo Escobar, junto a Mi confesión (2001), testimonio de Carlos Castaño, siguen vendiéndose en librerías muchos años después de su lanzamiento. A la sombra de este par, han crecido otros como: Los Rodríguez Orejuela (2005), Historia del Cartel de Cali (2005), Amando a Pablo, odiando a Escobar (2007), La guaca de las Farc (2003), El hijo del ajedrecista (2007), El cartel de los sapos (2008), entre muchos más.
En retrospectiva, vale decir que el periodismo narrativo colombiano ha tratado de ganar un espacio digno dentro del mundo hispanohablante. Se recuerda la obra de Castro Caicedo, la de García Márquez, la de Germán Pinzón, la de Arturo Alape y la más reciente de Salcedo Ramos, José Navia, Juan José Hoyos, y varios más, por su dedicación en los tiempos de investigación, por la cuidadosa revisión ortográfica y de estilo, por la rica estructura simbólica de los relatos, por el guiño directo para con sus maestros, por la profunda fuerza literaria de su contenido y sobre todo, por la preocupación por construir a través de escenas y diálogos la psicología del o los protagonistas.
Por eso, cada vez que sale uno de estos nuevos títulos de esquina, me asomo en su interior para leer unas cuantas líneas y darme cuenta de que sus autores no han entendido la complejidad del periodismo narrativo o que no les importa entenderla, y me inclino más por esta última opción.
¿Acaso basta con encontrar un personaje curioso, entrevistarlo y vaciar su testimonio en un montón de páginas? Si fuera así, todos seríamos premio Pulitzer.
Dejo a un lado que en estos libros los errores de ortografía son un cúmulo inocultable, que sus problemas gramaticales son de media vocacional, que la titulación es superflua y que la estructura simbólica para agrupar la historia no existe. Pero lo hago, para hablar del contenido.
Con el mismo morbo que un colombiano se asoma en la entrada de urgencias de un hospital para ver quién llega herido en una ambulancia, compra estos libros. Aquí la intención de conocer confesiones de bandidos sólo tiene su origen en el morbo natural del ser humano. A nadie importa que las investigaciones hayan sido desenfocadas o que la historia sea un lugar común o que su protagonista tenga tras de sí la responsabilidad de miles de muertos. Todos quieren saber cómo conseguían armas, cómo mataban enemigos, cómo llevaban droga a Estados Unidos, cómo enredaban a otras personas para agrandar las cadenas logísticas, cómo se hicieron ricos -y en esto se parecen a los de autoayuda-, y otros cómos que hasta instructivos se vuelven.
En estos libros no hay una intención de elaborar la psicología de los personajes, su prosa es casi escolar, no hay estructura, carecen de estilo, de voz, de rigor, y la gente los toma como verdad de a puño que es, quizás, lo que deja cierta duda hacia el futuro.
Ahora, si me preguntan si me siento indignado porque la piratería los haya sacado de las librerías y los haya puesto en la calle a un precio más módico, respondo que no. Nunca antes he estado tan de acuerdo con la piratería de libros, como con la de estos ejemplares. De hecho, son pensados en ese público.
A la hora de las cuentas, poco importan como éxito editorial, como dignos ejemplos de arrepentimiento o como método de autopublicidad -ya hay guerrilleros en cautiverio que dicen que sus historias de vida sólo las conocerán productores de cine-. Como negocio lucrativo que es, en cambio, importa mucho. Manos a la obra, que bandidos es lo que hay.